Generales Escuchar artículo

Entre samaritanos y apaleadores 

Omar ha pasado la noche a la intemperie. El padre Fabio lo encuentra todo sucio, roto por fuera y por dentro, en la puerta del Hogar. Quiere ingresar al Hogar de Cristo, su última esperanza, dice;...

Entre samaritanos y apaleadores 

Omar ha pasado la noche a la intemperie. El padre Fabio lo encuentra todo sucio, roto por fuera y por dentro, en la puerta del Hogar. Quiere ingresar al Hogar de Cristo, su última esperanza, dice;...

Omar ha pasado la noche a la intemperie. El padre Fabio lo encuentra todo sucio, roto por fuera y por dentro, en la puerta del Hogar. Quiere ingresar al Hogar de Cristo, su última esperanza, dice; la droga lo está arruinando, lo ha arruinado ya, pero él quiere salir, quiere recuperarse, darse otra oportunidad. Y el Hogar se la brinda, a él y a muchos otros “omares” que han caído, que la vida los ha golpeado duramente, la vida y decisiones equivocadas, esas que los atormentan por las noches cuando empiezan a sentir con el corazón -ya sobrios-, y se dan cuenta de que eso que duele, eso que les pasó o que hicieron sufrir es lo que quieren tapar con la droga.

Y en su proceso van tratando de despertar alejados por un tiempo de una sociedad de consumo, que banaliza lo que importa y endiosa mucho de lo que daña. “Si vuelvo a mi barrio voy a volver a lo mismo”, dice uno de ellos, y es verdad porque en su barrio, en su entorno parece que la única salida está en la droga. Es verdad que hay mucha gente que trabaja y que sale adelante; es más, algunos de los que nunca han caído en la droga los señalan y los acusan: “vos te drogás porque querés”, le dijo un señor a Cesar uno de los muchachos que iba tratando de promover la presencia del Hogar de Cristo en el barrio. “A vos nadie te obligó a drogarte”, insiste este exgendarme. Y en un punto tiene razón, pero a la vez está profundamente equivocado, cada historia es un mundo diferente, las desventajas de la vida, los errores ajenos no siempre se pueden tolerar, no siempre existen los sostenes necesarios…

Como en la antigua parábola del Buen Samaritano, contada por Jesús, los apaleados son ignorados por muchos, pero hay quienes se acercan, se compadecen y vendan las heridas, son voluntarios de buen corazón que ayudan a ponerse de pie, hay también posaderos que, como en la parábola, dan tiempo y acompañamiento en los centros de rehabilitación del apaleado para que vuelva a retomar su camino. Pero, como en la parábola también están los apaleadores, que no son sólo los que señalan con el dedo, ni los que venden la droga en el barrio. Son los narcotraficantes y sus socios.

El narcotráfico es ese negocio en el que todos lucran menos el que consume. Jorge Bergoglio, cuando era arzobispo de Buenos Aires, afirmaba que había que ponerse “la patria al hombro” como hizo el buen samaritano con el apaleado, pero que no podía ser que el sistema excluye y crea apaleados para que los atienda Cáritas y las demás organizaciones e iglesias, para que -una vez puestos de pie- el sistema los vuelva a apalear. Él hablaba de la exclusión y la pobreza, pero con el problema de la droga sucede algo semejante: los Hogares de Cristo y los demás dispositivos de las diversas iglesias y organizaciones, tratan de auxiliar a los caídos: como buenos samaritanos y posaderos, dan acogida y ternura en los corrales del resentimiento y la violencia; se generan además espacios de prevención con los clubes barriales, las capillas, las escuelas… pero el apaleador narco viene de otra parte, tiene otra billetera, se sabe dónde vive, pero no los tocan, y se sabe que el dinero no viene del barrio, que son otros los que trafican grande, otros los que cobran para mirar para otra parte, otros son los que gestionan el transporte y la logística y otros de guante blanco los que lavan los ingresos. Y Omar y Cesar al final del recorrido, arruinados y queriendo levantarse, y para peor, señalados con el dedo como los culpables.

¿Por qué no se puede combatir efectivamente el narco? ¿Qué oscuras tramas hay que impiden resolver lo evidente?

Omar va recuperándose, César ya está en la última fase de su proceso. El padre Fabio sigue dándole con todo para ayudar, y un montón de voluntarios y voluntarias le ponen corazón, con alguna ayuda de los gobiernos (ayuda que se agradece y que es un deber), algo se va haciendo, como realidad y como signo de esperanza; pero siguen llegando las cuatro por cuatro al barrio, con sustancia provista por otros que la han traído de fuera, y han pagado “el peaje”, y tienen cuentas turbias…

Mientras los buenos samaritanos siguen ayudando a sanar a los apaleados y los posaderos los cuidan con amor y profunda esperanza ¿será mucho pedir que los que tienen el poder metan presos a los apaleadores?

Superior de los Jesuitas de San Miguel

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/entre-samaritanos-y-apaleadores-nid11052026/

Volver arriba